Nilda M. López
EN ROJO
Ricardo Montaner volvió a la Sala de Festivales del Centro de Bellas Artes
Luis A. Ferré de Santurce para presentar su recital Todo y nada, haciendo
gala de dos armas infalibles: la excelencia interpretativa y una simpatía
arrolladora.
Y es que en las lides de la comunicación, Montaner es todo un maestro. De
hablar interesante, espontáneo y divertido, el diálogo parece ser uno de sus
grandes placeres. Así lo evidenció en los días anteriores a su debut en
conferencias de prensa y mesas redondas.
En éstas habló sobre el amor que profesa a su madre, de sus conceptos sobre
la mujer, de sus ideas sobre la crianza responsable de los hijos, de su fe
en Dios, de su misión evangelizadora y social con los niños a través de su
fundación, Los Hijos del sol, de su labor comunitaria y de sus proyectos
artísticos futuros.
Y, precisamente a completar esa comunicación con los puertorriqueños, esta
vez en el lenguaje de la música y el sentimiento —comunicación en la cual es
también maestro indiscutible— llegó Ricardo la noche de su debut, primera
presentación de las siete que realizó en la isla.
La velada inició con la aparición en tarima de Voz Seis, un excelente
sexteto venezolano que alterna la interpretación de las melodías con sonidos
instrumentales que producen ellos mismos para acompañarse musicalmente.
A la terminación de este segmento que sirvió de preámbulo, entró al
escenario Ricardo Montaner. Éste, a la sazón, llegó a Puerto Rico estrenando
nuevo disco, Todo o nada y nuevo sello disquero: EMI Latin Music.
En la propuesta musical de la noche, que comenzó con Tengo verano, Ricardo
nos cantó A dónde va el amor; nos habló de El mal de amor; pronosticó que,
Me va a extrañar; describió las sensaciones junto a la persona que se ama
con Cuando a mi lado estás (corte promocional de su nuevo disco) y le ordenó
a esa persona amada, sentenciosamente, Bésame, para luego suplicarle
tristemente, Déjame llorar; provocó la nostalgia evocadora con La Conga, un
ritmo que cautivó a los latinoamericanos durante la primera mitad del siglo
pasado, sacado del catálogo musical de los años 40 y 50 y el ritmo de la
gaita maracucha, típica de Maracaibo, la ciudad donde se crió, con La mujer
que me robé.
Durante la primera parte de su espectáculo, Ricardo sólo cantó,
absteniéndose de hablar y saludando al público sólo a través de uno de sus
músicos y de su hijo Ricardo Andrés como un recurso jocoso del libreto para
complacer a la prensa que en su gira anterior sugirió que “cantara más y
hablara menos”. No obstante, en la segunda parte del espectáculo habló todo
lo que quiso para compensar el sacrificio realizado anteriormente.
Durante dos horas y media el cantautor, argentino de nacimiento, venezolano
por crianza y elección, y puertorriqueño por adopción, brindó un espectáculo
subyugante, lleno de emociones y sentimiento que culminó transportándonos a
La Cima del Cielo.
El cantautor quien expresa que siempre inicia sus giras por América Latina
en Puerto Rico “porque le trae suerte”, es un firme creyente en expresar el
amor y en que “hay que decir te quiero más a menudo”. Por eso la noche de su
debut nos habló de amor en sus canciones y expresó su amor a su inmensa
fanaticada de Puerto Rico en la forma en que mejor sabe hacerlo, un recital
extraordinario en que revalidó sus quilates como cantante y compositor.